El perfume
No un perfume, sino tu perfume.
Hace unos meses entré en una sesión continua de sueños contigo. Soñaba cada noche que estabas ahí, guareciendo mi descanso. A veces pasaban cosas, otras no, pero siempre aparecías tú. En eso días había un factor común entre el reposo que guardaba en cama y mi vida en vela. En esos momentos eras la protagonista de mis sueños, los que tenía con los ojos abiertos y los que tenía con los ojos cerrados.
No supe el por qué de ese maratón hasta pasado un tiempo. Yo sabía que cuando me tumbaba en mi cama sentía paz, me sentía cómodo, como si no me faltara nada, como si en esa superficie mullida se encontrara todo lo que yo había estado anhelando desde hacía poco más de un año.
Creo que todo se debió a que mi madre y la tuya se habían puesto de acuerdo en la marca de detergente o suavizante con la que lavar tu ropa y mi nórdico. Olían exactamente igual.
Ayer tú te embadurnaste de ese olor que te hace tan tuyo, y, en un descuido de abrazos, algo debió quedar en el cuello de mi camisa. Así que anoche la pasé entera contigo, y a metros de distancia te sentía junto a mí. Si por un momento tenía la sensación de que te ibas, yo solo tenía que tomar el cuello de esa camisa, acercármela a la nariz y aspirar bien fuerte y otra vez estabas ahí, conmigo, enzarzados en esa conversación que, como siempre, no nos lleva a ningún sitio.
Ahora me pasa que cuando te abrazo no se si estoy despierto o dormido, soñando.
Da igual. Todo son sueños… siempre sueños.
Hace unos meses entré en una sesión continua de sueños contigo. Soñaba cada noche que estabas ahí, guareciendo mi descanso. A veces pasaban cosas, otras no, pero siempre aparecías tú. En eso días había un factor común entre el reposo que guardaba en cama y mi vida en vela. En esos momentos eras la protagonista de mis sueños, los que tenía con los ojos abiertos y los que tenía con los ojos cerrados.
No supe el por qué de ese maratón hasta pasado un tiempo. Yo sabía que cuando me tumbaba en mi cama sentía paz, me sentía cómodo, como si no me faltara nada, como si en esa superficie mullida se encontrara todo lo que yo había estado anhelando desde hacía poco más de un año.
Creo que todo se debió a que mi madre y la tuya se habían puesto de acuerdo en la marca de detergente o suavizante con la que lavar tu ropa y mi nórdico. Olían exactamente igual.
Ayer tú te embadurnaste de ese olor que te hace tan tuyo, y, en un descuido de abrazos, algo debió quedar en el cuello de mi camisa. Así que anoche la pasé entera contigo, y a metros de distancia te sentía junto a mí. Si por un momento tenía la sensación de que te ibas, yo solo tenía que tomar el cuello de esa camisa, acercármela a la nariz y aspirar bien fuerte y otra vez estabas ahí, conmigo, enzarzados en esa conversación que, como siempre, no nos lleva a ningún sitio.
Ahora me pasa que cuando te abrazo no se si estoy despierto o dormido, soñando.
Da igual. Todo son sueños… siempre sueños.