lunes, noviembre 07, 2005

Sin solución

Creía que estaba curado, que era feliz asumiendo mis carencias, sabía lo que me faltaba pero no me importaba, tiempo por delante, barreras en alto, espadas envainadas. ¡Qué equivocado!

Una palabra bastaba para romper mi reloj vital, ese que se para cuando pienso que tengo las manos vacias, que todo lo que soy no soy todo lo que fuí. No sé si soy más maduro o simplemente más viejo, más sincero o simplemente más callado, más alegre o simplemente más falaz, más amigo o menos yo para repartir. A veces nos convertimos en lo que nunca pensamos que seriamos. Palabras con palabras, hojas de vida escritas.

Una palabra bastaba para bajar las barreras que yo mismo había levantado con lastre, un pequeño lastre al día, un montoncito al mes. Creía que podía abandonar mi vigilancia, que ya era suficiente, que era libre, se acabaron las noches de vigilia, se acabó el amargo café, se acabó el mirar al techo buscando una excusa para no pensar. A veces alguien tropieza con tu trabajo y tu esfuerzo, otros disfrutan dando patadas, y les da igual si es una lata, un balón, o un montoncito de sacos apilados en un lugar... O dónde reside la maldad humana (si es que existe).

Una palabra bastaba para levantar mi dolor en armas, relucientes como antaño, punzantes, limpias, sedientas de sangre, empuñadas por jinetes y caballeros aún más sedientos si cabe. Lo siento, pero soy yo el primero que se ha engañado, lo siento por crear esperanzas donde solo había acuarelas a la interperie, arena en dunas pasajeras, agua que corre, viento que ahulla, lágrimas que corretean por tu rostro... Estas palabras suenan porque estoy herido, y aunque parezca herida mortal, la ironía de la vida me invita a pasar, dice que aún quedan espadas en alto, que quedan cuentas que saldar, que aunque sea fino y esquivo no quedará palabra sobre papel ni hoja donde escribir.